viernes, 28 de febrero de 2020

LA EVOLUCIÓN DEL HOMO SAPIENS




Los últimos hallazgos sugieren que nuestra especie no surgió en una única región de África, sino que todo el continente fue su cuna
Hace cientos de miles de años cruzar el Sáhara a pie no hubiese sido tan difícil. Lo que hoy es un mar de arena era en aquel entonces una sabana llena de vida. En diferentes momentos a lo largo de la Prehistoria el clima del norte de África permitió la aparición de redes de ríos y lagos que acogían abundante vegetación y vida salvaje, dando lugar a episodios que los científicos llaman Sáhara verde.
De esta forma se abría el camino para que diferentes especies de animales se dispersasen por todo el continente, incluidos los primeros homínidos. A medida que el clima modificaba los ecosistemas, diferentes grupos de Homo sapiens pudieron tomar nuevas rutas, algunas veces entrando en contacto entre sí, otras quedando aislados durante milenios.
De acuerdo con la teoría más aceptada, nuestra especie habría evolucionado hasta su forma actual partiendo de una única población en África. Así, diferentes regiones en Etiopía y Sudáfrica se han venido disputando el título de cuna de la humanidad. De acuerdo con esta versión -a la que se suele llamar Out of Africa- hace al menos 500.000 años un grupo de homínidos sufrió una serie de cambios genéticos y culturales que les lanzaron a una carrera evolutiva que culminó en el ser humano moderno. Desde esa primera cuna, se diseminaron por todo el continente y, de ahí, al resto del mundo. Sin embargo, algunos investigadores están reescribiendo esa narrativa tradicional, apoyados en nuevas pruebas materiales y genéticas. Son partidarios de una hipótesis alternativa: el multirregionalismo africano.
La cuna de la humanidad, según ellos, no estuvo en África sino que fue África. Las características distintivas que presentan hoy los sapiens emergieron como un mosaico en diferentes poblaciones diseminadas por todo el continente. Separados entre sí por esas barreras geográficas, nuestros antecesores evolucionaron durante mucho tiempo de manera aislada y cada grupo desarrolló algunos de los rasgos que han llegado a la actualidad, que fueron aportando al conjunto de la especie. Porque esa separación no era una constante: a medida que los cambios en el clima reverdecían desiertos o secaban bosques, esos primeros seres humanos entraban en contacto o quedaban aislados de otras comunidades.
Y cada vez que los caminos se abrían para esos grupos se producía el mestizaje, intercambiando material genético y conocimiento tecnológicos en un crisol continental que culminó en lo que hoy es el Homo sapiens. «En la formulación tradicional del Out of Africa se sostiene que el sapiens habría reemplazado, sin mezclarse, a cualquier otra población de homínidos que hubiera fuera de África, pero hoy sabemos que sí que existió una hibridación con neandertales y denisovanos», explica María Martinón Torres, directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH). «No creo que esos cruces hubieran sido la norma, ni que el hombre moderno sea una fusión de estas especies, pero esto sí contradice una de las premisas originales del Out of Africa y, en ese sentido, le da un poco la razón al multirregionalismo».


A unos 100 km. al oeste de lo que hoy es Marrakech, un grupo de personas utilizó como refugio una cueva al pie del macizo del Atlas, en un lugar llamado Jebel Irhoud. Allí descansaron, encendieron fuegos, afilaron sus armas de caza y llevaron sus presas. Y allí murieron algunos de ellos, dejando sus huesos en la tierra, hace aproximadamente 300.000 años. Una fecha que para algunos investigadores -no todos- supone retrasar el punto de partida evolutivo de la especie al menos 100.000 años. Ese nuevo comienzo implica que nuestra especie es más antigua y compleja de lo que se pensaba y que ya se había extendido por toda África en ese punto.
El de Jebel Irhoud es uno de los hallazgos que los partidarios del multirregionalismo señalan para defender su hipótesis. «Mucho antes de la dispersión del Homo sapiens fuera de África, hubo dispersión dentro de África», dice Jean-Jacques Hublin, director del Departamento de Evolución Humana del Instituto Max Planck de Leipzig. «Asumíamos que hubo cuna de la humanidad hace 200.000 años en el este de África, pero los nuevos datos demuestran que el sapiens se extendió por todo el continente africano hace unos 300.000».
Los misteriosos antepasados hallados en la gruta marroquí tenían una extraña combinación de características, en los que se mezclaban las caras planas de los humanos modernos con los cráneos alargados de especies antiguas como el Homo erectus. A pesar de ser más robustos y musculosos que nosotros, sus rasgos los vinculan con nuestra especie más que con cualquier otro miembro del género Homo. La mandíbula inferior también era similar a la del sapiens moderno, aunque mucho más grande, pero existe una diferencia llamativa en la forma del cráneo, mucho más alargada.
Nuestros cráneos tienen una forma redondeada, pero los suyos eran más bajos en la parte superior y más largos en la posterior. «La cara del espécimen que encontramos es la de alguien que se podría encontrar en el metro», asegura Hublin. Pero de perfil, no tanto; aunque sus cerebros ya eran tan grandes como los nuestros, debían tener una forma diferente. Eso implica que su estructura cerebral -y tal vez sus capacidades- estarían en proceso de desarrollarse durante los siguientes milenios de evolución.
El problema es que no todos los expertos coinciden en catalogar como sapiens a los antiguos habitantes de Jebel Irhoud. «Personalmente creo que no pueden clasificarse dentro de nuestro mismo taxón porque le faltan rasgos de Homo sapiens como la barbilla, la frente vertical o el cráneo alto y abombado», declara Martinón Torres. Unas dudas que la directora del CENIEH comparte con colegas como Juan Luis Arsuaga o José María Bermúdez de Castro, aunque matiza que «podrían representar a los antecesores directos de nuestra especie, lo que es también muy interesante».
La combinación de rasgos modernos y vasos cerebrales primitivos hallados en Marruecos son uno de los elementos que han llevado a algunos autores a sugerir que el físico y el comportamiento asociados con los humanos modernos no evolucionaron en un único árbol genealógico. En cambio, las características que asociamos con el ser humano probablemente aparecieron más bien como como un mosaico. Este verano, 22 antropólogos, arqueólogos, genetistas y climatólogos se reunieron en Londres para revisar las pruebas a favor del multirregionalismo africano, y plasmaron sus conclusiones en un texto publicado en Trends in Ecology & Evolu


En los últimos años esas características -la forma del cráneo, el mentón, la frente más delicada y la cara pequeña- han ido apareciendo en diferentes lugares, en periodos distintos. Los partidarios de la idea de un sólo linaje sapiens tienden a desechar esos fósiles como ramas laterales en el árbol de los homínidos. «A día de hoy no podemos afirmar si algunos de ellos se mezclaron con otros homínidos de gran cerebro que pueden haber vivido en África al mismo tiempo que el Homo sapiens, pero sigue siendo una posibilidad», declara Eleanor Scerri, investigadora del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana y de la Universidad de Oxford, y autora principal del artículo. «Es posible que en aquel momento compartiéramos África con al menos otras dos especies: el Homo naledi y Homo heidelbergensis».
Además, la cronología de Jebel Irhoud coincidiría con las fechas recientemente atribuidas al naledi, una especie de homínidos extinta descubierta en 2013 en Sudáfrica. Eso prueba que, al menos, dos especies de homínidos dramáticamente diferentes habitaban distintos puntos de África al mismo tiempo. El problema es que a día de hoy los científicos disponen de muy pocos fósiles para poder demostrar si había o no otros miembros del taxón sapiens alrededor de ese periodo. En otras partes del continente se han hallado fósiles que combinan rasgos modernos y antiguos en diferentes grados: el cráneo de Florisbad, hallado en Sudáfrica de hace 260.000 años; los restos de Omo Kibish, de 195.000 años o el llamado cráneo de Herto, 160.000, ambos encontrados en Etiopía.
Esta nueva visión hace que fósiles hallados en otras partes de África sean observados de manera distinta, ya que ahora pueden ser considerados como una pieza más de ese mosaico que acabó por dar forma a los sapiens. «La idea de que nuestros orígenes se encuentran en una sola población ha hecho que el registro fósil se haya interpretado de una manera bastante selectiva; hay fósiles que han sido excluidos de ciertos estudios porque no se reconoció la variabilidad de los primeros miembros de nuestra especie», señala Scerri. «Pero al incorporar todo el continente africano en esa Prehistoria temprana, muchos fósiles vuelven a estar sobre mesa y algunos encajan mejor con otras líneas de investigación».
Los arqueólogos recuperaron en Marruecos herramientas de piedra especializadas y sofisticadas, como punzones y puntas de lanza. La existencia de estos objetos en la llamada Edad Media de Piedra reflejaría una evolución paralela -y más temprana de lo que se creía- del cuerpo y la mente humanos. Y sugerirían que esta transición ocurrió a escala continental, ya que tales herramientas se han encontrado además de en Marruecos, en la citada Florisbad y Olorgesaillie (Kenia), si bien con algunas diferencias regionales. «La evolución de la forma del cerebro humano moderno parece ser paralela a la aparición gradual de la modernidad conductual vista desde el registro arqueológico», asegura Hublin.
Durante cientos de miles de años los homínidos hicieron el mismo tipo de grandes hachas de piedra. Pero ese estancamiento tecnológico terminó hace unos 300.000 años, en el mismo punto en el que aparecen esos primeros fósiles de Homo sapiens. «Las herramientas de piedra y otros artefactos que se han encontrado están muy agrupados tanto el espacio y a través del tiempo", explica Scerri, "pero también hay una tendencia continental hacia una cultura material más sofisticada, una 'modernización' de la cultura material que claramente no se origina en una región ni ocurre en un periodo de tiempo».
Bajo el prisma del multirregionalismo la Historia de la humanidad viene marcada por una combinación entre evolución y grandes migraciones. «Las barreras naturales crearon oportunidades de migración y contacto para grupos que antes podían haber estado separados, y la fluctuación posterior significaría que las poblaciones que se mezclaban durante breves periodos antes de volver a quedar aisladas", explica Scerri. Durante los momentos de aislamiento los grupos vivieron un proceso de adaptación local y de desarrollo de una cultura material y una composición biológica propias, que pondrían en común con otros cuando el clima templaba. Los milenios de separación dieron lugar a una asombrosa diversidad de formas, cuya riqueza jugó en beneficio de toda la especie.
«Posiblemente el debate se ha polarizado demasiado entre el Out of Africa extremo y el multirregionalismo extremo, y no todo es ni tan blanco ni tan negro», opina Martinón Torres. Esta última década dos teorías que estaban en polos opuestos están acercando posiciones. «Sigue preponderando la idea del origen africano de nuestra especie, pero se comienza a aceptar un patrón más reticulado y menos lineal, más parecido al que proponía el multirregionalismo. El Homo sapiens es en realidad una mezcla, un crisol de poblaciones diversas».

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